La confianza da gusto




Lo siguiente es pura fantasía, aunque haya mucho de mí en ella.

Era parte del relato de "Cosas que una quiere oír del chico que le gusta", pero como era demasiado largo, lo quité. Me daba penita borrarlo y hacerlo desaparecer así que aquí se queda. 🌸🌸


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Dejo mi mochila en el suelo y me da un vaso de agua fría antes de irse al dormitorio y silbarme como si fuera un perro para que vaya a su encuentro. Está sentado en el borde de la cama. En la mesa alcanzo a ver de refilón unas cuantas cosas (una fusta, una pala, una vara -auch-, una mordaza, ¿eso son agujas? ¿cuchillas? ¿cuerdas? siempre tiene muchas cosas por ahí y luego no usamos ni la mitad)

—Ven, ponte de rodillas.

Me arrodillo frente a él y siento algo muy parecido al pinchazo del amor cuando me retira el pelo tras la oreja y me acaricia la cara. Me sujeta de la barbilla un segundo, contemplándome.

—Eres una niña muy guapa, ¿lo sabes? —asiento como una buena chica y se ríe— Vamos a ponerte más guapa aún.

Me escupe, rompiendo la dulzura del momento y me pilla de sorpresa. Siento la saliva húmeda bajar por mi nariz. Me agarra más fuerte y me escupe de nuevo. Una bofetada. Otra. Parece que va a dar otra pero se detiene, aun así yo me encojo. Antes de que pueda recuperarme del susto me pega varias veces más. Me escupe. Sollozo. La cara me arde y ya no me siento guapa en absoluto: me siento una cosa que ha venido aquí a que se la folle. 

—Eres asquerosa. Una zorra asquerosa. Voy a destrozarte.

Me agarra del pelo y me pone de pie. El miedo hace que el corazón se me acelere, los ojos se me abren como platos cuando me agarra con rudeza y me voltea. Me inmoviliza con un brazo mientras con la otra mano recorre mi cuerpo sin piedad: me agarra de una teta, de la cadera, del coño, me araña, estruja y golpea. Todo va rápido y siempre voy algo por detrás de él. Me retuerzo instintivamente, gimoteando. 

—¿Te has vestido guapa para mí, puta? ¿Te crees que hay alguna forma de que te aprecie más que para follarte, que me vas a interesar para algo más que para destrozar tus putos agujeros? 

Me gira y me pega una bofetada mucho más fuerte. Me quedo sentada en la cama del golpe y, ahora sí, rompo a llorar. La humillación me recorre entera. Acabamos de empezar pero sólo se me pasa por la cabeza pedir piedad.

—Desnúdate. Todo fuera.

Obedezco rápido pero dudo un segundo con la ropa en la mano porque no sé qué hacer con ella. Me la quita y la tira al suelo. Me encojo de miedo y sonríe un poco. Me empuja hasta que caigo de nuevo sentada en la cama y se inclina sobre mí.

—¿Me tienes miedo? —Sé que es una pregunta trampa y sé que él ve cómo dudo pensando si decir que sí o que no o qué narices debo decir. Mi incertidumbre le hace gracia — Haces bien, pequeña. 

Me lo susurra al oído y yo gimo en respuesta. Se pone de pie y me ordena tumbarme boca arriba. Lo hago y él sólo me mira, callado. Yo daría lo que fuera por tener una sábana, una manta, un traje de buzo, cualquier cosa que me tape de su mirada. ¿Estará valorando qué hacer conmigo? Mira a las herramientas que tiene en la mesa y pienso en salir corriendo cuando le veo coger la vara. ¿En serio va a empezar con la vara? ¿¡Qué manera bruta de empezar es esa!?

—Esta no la has probado, ¿verdad?

—No, Señor.

—¿Quieres probarla?

—Eeeh...

Quiero, claro que quiero, sobre todo porque noto sus ganas, porque quiero complacerle, porque quiero saber qué se siente, quiero ser capaz de aguantar dolor por él, quiero todo lo que desee... pero me da miedo el dolor, me da miedo no ser capaz, no aguantar, decepcionarle.

—¿No?

—Sí, Señor. Sí quiero si usted lo desea.

—Mucho mejor, puta. La probarás.

Qué miedo, jolín. ¿Por qué no podría gustarme a mí follar normal? ¡Me tiene que gustar que me humille y me golpee! ¡Ay, señor! Para mi alivio, deja la vara (supongo que de momento) y toma un flogger. Es pequeño y pica bastante pero es un dolor casi agradable. Cierro los ojos mientras lo pasa por mis piernas, acariciándome, me estremezco cuando pasa por mi coño excitado y trato de dejar de pensar y calmarme. Me golpea en las tetas y yo echo la cabeza hacia atrás, temerosa siempre de que me dé en la cara. Una de las tiras golpea en el pezón de forma deliciosa y me retuerzo de gusto. Él responde a mi placer golpeándome con la mano en las tetas, fuerte. Grito con sorpresa. Azota una y otra vez con sus manos grandes mis tetas, que botan y se ponen cada vez más rojas y más sensibles y yo me esfuerzo por no moverme demasiado. Deja el flogger en la cama de cualquier manera y me chupa las tetas, succionando y estrujándolas con fuerza. Me excita mucho verle mamar así y lo sabe. Estoy ya tan cachonda que sólo puedo pensar en su polla... 

—Ponte a cuatro —obedezco y el me besa una vez más. Sus besos ahora mismo no ayudan a calmar mis ansias—. Y cuenta.

Ugh. Odio contar. 

La espera se hace eterna. Me centro en tener una bonita postura mientras él se levanta, se aparta, coge algo de la mesa y se para detrás de mí. La anticipación del golpe me pone nerviosa. Por fin llega, ha sido extrañamente compasivo. Creo que golpea con la fusta.

—¡Uno!

El siguiente golpe no deja tregua. Cuento uno tras otro, consciente de que cada vez es más fuerte. En el 20 noto ya como me arde el culo. Deja la fusta y coge otra cosa. 

—Van a ser cinco ahora. Y más te vale ser agradecida.

La pala es brutal. El golpe es fuerte, sin compasión, y el dolor estalla en todo el culo. No estoy nada acostumbrada al dolor ni a los azotes. Me falla la postura un segundo y se me escapa también un sollozo. Me da otro golpe antes de que me haya colocado si quiera de nuevo y grito como protesta.

—No te oigo agradecer, zorra de mierda. ¿Me vas a hacer repetirme?

—¡¡No, Señor!! —odio cómo suena mi voz así, desesperada y complaciente— ¡Gracias!

Otro golpe. Gracias. Otro más. Muerdo la almohada para contener el grito y me deja un segundo para recomponerme. El agradecimiento por su generosidad hace que el siguiente "gracias, Señor" suene más sincero. El último golpe es tan fuerte que me encojo. Mis lágrimas caen sin control y empiezo a moquear.

—Bien hecho, puta. Vuelve a ponerte como estabas —dudo. Si dijera la palabra de seguridad pararía todo en seguida. ¿Quiero que pare? No, claro que no. Él respeta mis tiempos hasta que vuelvo a colocarme a cuatro patas — Buena chica. Qué bonito se te está quedando el culo.

Sé que viene ahora. Por si me quedaba alguna duda, agita la vara sin llegar a golpearme para que oiga como suena. El miedo no es buen compañero del spank, elimina toda posibilidad para mí de disfrutarlo... pero creo que él ahora mismo no quiere que disfrute: quiere que aguante por y para él. Quiere verme rota. Y lo va a conseguir. 

Primer varazo. Grito. La carne me arde, noto cómo el dolor se clava en el lugar donde ha tocado y se extiende hacia arriba y hacia abajo. Las piernas se me van hacia atrás y quedo casi tumbada del dolor. ¿Y si me quedo así? ¿Y si no sigo? 

—Cólocate.

Dudo. Esta vez no espera: golpea y vuelvo a gritar. Sé que ha sido más flojo pero pica aun así. Me pongo otra vez a cuatro patas y él se desquita. Aguanto cada varazo temblando, desmadejándome en la cama y volviéndome a colocar. Me suda todo el cuerpo de la tensión y el dolor. No me hace contar los golpes. Cuando se coloca a mi lado pego un salto. Estoy medio llorando, medio ida. El dolor me lleva a lugares temibles y hermosos.

—Buena chica. Te portaste muy bien. Ven, ven a mi regazo. Déjame ver esas marcas.

El contacto con su piel alivia como el agua fría contra la piel ardiente.  Me encojo en su regazo y él pasa sus dedos por mi culo, acaricia, golpea y se acerca peligrosamente a mi clítoris, rodeándolo sin llegar, una y otra vez, acariciando con ternura, susurrándome cosas hermosas que son todo lo que quiero oír ahora, desesperándome.

—Eres mi niña buena, ¿verdad que sí? Harías todo lo que yo te pidiera porque eres una zorra, mi pequeña zorra.

El posesivo termina de mojarme y no puedo evitar gemir, retorcerme entre sus brazos, esperando desviar sus dedos lo suficiente como para que se hundan en mí.

—¿Tanto lo necesitas? ¿Ya?

—Sí, Señor.

—¿Aguantarías más azotes si de premio te lleno?

—Sí, Señor.

—Qué rápido contestas ahora, guarra.

Se ríe y me encanta que lo haga, pero me dan ganas de gritarle, de zarandearle. 
La peor tortura es este deseo que me recorre entera y me hace perder cualquier pizquita de orgullo que me pudiera quedar, este deseo que me hace suplicarle que me folle, que me rellene, que me deje correrme con su polla clavada dentro de mí. 

Que me hace decirle que haré cualquier cosa si me folla, si me toca, si puedo por fin correrme con él.


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Etérea

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Comentarios

  1. No hay nada más profundo que llorar como una niña pequeña capaz de aguantar todo tipo de humillaciones y soportar el mayor de los dolores. Te deshumanizas y por completo y, a la vez, te sientes más humana que nunca.
    Acabo de descubrir tu blog, ya lo iré leyendo más en profundidad. De momento, me encanta cómo escribes, todo un placer leerte :)

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    1. ¡Muchas gracias! La humillación lleva a lugares muy interesantes, desde luego :)

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