Cosas que una quiere oír del chico que le gusta




Aviso de temas delicados en este relato con el peso, insultos, humillación, breeding kink, etc. Fuera de eso, todo muy romántico y cuqui y consensuado.

Kinkshaming, debates éticos y similares = borro comentario.

Gracias por leer mis guarrerías. 🌸🌸


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Me vestí pensando qué ropa tendría más ganas de arrancarme: falda de tablas, crop-top que deja ver media teta cuando levanto los brazos, nada de sujetador... y el pelo suelto para que se manche y aumente la humillación.


Y funciona. Noto las ganas que tiene de hacerme maldades desde el primer momento en que nuestras miradas se cruzan en el parking.


—Qué guapa, pequeña.


Pone su mano en mi cuello en cuanto me siento y me besa despacio. Aunque no aprieta como para ahogar, yo noto la excitación crecer en oleadas de calor bajo mi ombligo. Se separa, sonríe, me besa más húmedo y entonces me da una pequeña bofetada que me pilla de sorpresa.


—Las bragas a la boca, no quiero que me distraigas con tus tonterías mientras conduzco.


Agradezco llevar tanga. Me lo quito, hago la bola lo más chiquitita posible y me la meto en la boca. Él conduce y, como sin pensar, deja su mano en mi muslo. Ojalá tuviera poderes y pudiese mover su mano un poquito, sólo un poquito hacia arriba, un poquito, sólo un poquito hacia dentro. Me muevo en el asiento, esperando conseguir así rozarme y encontrar una breve satisfacción a mis ganas.


—¿Ya estás así, puta? —ni siquiera me mira. Noto el punto de desprecio y diversión en su voz— Abre bien las piernas. Venga, que es lo único que se te da bien hacer.


Obedezco de inmediato (cómo no) y aprovecha el semáforo para darme un buen golpe con la mano abierta en la cara interior del muslo. Y otro. Y otro más fuerte. Grito y me quejo, pero mi tanga mojado ahoga los sonidos.


—A ver si así te calmas un poco.


El trayecto se hace eterno pero por fin llegamos. Como me ordenó, salgo del coche antes que él y le abro la puerta. Me recompensa sacando el tanga de mi boca y rebozándolo por mi cara, ensuciándome. Sabe que odio que haga esto fuera de casa.


—Buena chica. Vamos.


Le sigo hasta la puerta, cruza el umbral y se gira, parándome con un gesto.


—Creo que no te mereces entrar —qué rabia me da ver la diversión con la que recibe mi desconcierto—. Al menos no así, de pie, como si fueras una persona, ¿no crees?


—No lo sé.


—¿No lo sabes? ¿No sabes lo que eres? —bajo la mirada— Eres una vaca. ¿Caminan las vacas a dos patas?


—No, Señor.


Ay, que empiezo a ver por dónde va... Miro alrededor. Hay una persona paseando a su perro muy a lo lejos. Si espero será peor. Me noto la cara húmeda de mis propias babas y el coño húmedo de la humillación a la que me somete.


—¿Me vas a hacer esperar más? Si quieres entrar, a cuatro patas. Y las vacas tampoco hablan.


Dudo. Él echa andar por el pasillo, dándome la espalda. Me pongo nerviosa por si estoy siendo demasiado mojigata y, procurando no pensar si habrá alguien mirando desde las otras casas, me arrodillo con rapidez y cruzo el umbral a cuatro patas. Me parece bonito en cierto modo que se haya ido, confiando en que seguiré su orden aunque no esté él mirando, a la vez que me resulta degradante esa falta de atención. Cierro la puerta usando la cabeza y avanzo hacia el ruido que hace en la habitación. La sonrisa que pone al verme así, roja como un tomate a cuatro patas en su suelo, me calma los nervios.


—Ven, vaca —me acaricia la cara cuando me acerco, me recuerda mi palabra de seguridad y me dice que no parará a menos que la use—. Me va a dar igual que llores, ¿lo entiendes? Me dará igual que grites que pare. Si quieres que me detenga, debes decirlo. ¿Lo entiendes?


—¡Muuuu!


Rompe a reír y muevo una cola que no tengo, contenta.


—¡Eres una vaca muy perra! Me gustas mucho así: arrodillada y deshumanizada.


Me pinza la nariz con cariño y luego me acaricia los labios, despacio. Los entreabro para darle acceso y gimo de agradecimiento cuando mete los dedos en mi boca: suavemente al principio pero cada vez más hondo, cada vez más rudo. No aparto la mirada de sus ojos. Dios, cuánto me gusta cómo me mira cuando se empieza a excitar.


—Te crees guapa, ¿eh, vaca? ¿Te crees especial? —no deja de meter y sacar los dedos, haciendo que las babas chorreen por mi barbilla y caigan sobre mi pecho. Va a empezar a empujar mis inseguridades demasiado pronto y el miedo me asoma a los ojos. Me ahoga y toso contra su mano— ¿Crees que eres algo más que unos putos agujeros reemplazables? ¿Que vales para algo más que para esto?


Me abofetea y se me llenan los ojos de lágrimas, que contengo a duras penas. Las bofetadas me rompen en seguida.


—Contéstame, puta.


—No, Señor.


—¿Quién te ha dado permiso para hablar?


Me vuelve a abofetear y yo quiero gritar de rabia. Se me frunce el ceño, me sale el ego, la altivez. ¿Que quién me ha dado permiso? ¡¡Él!!


—¿Que es esa cara? ¿Me quieres desafiar, vaca? —se levanta y yo aprieto los dientes, callándome lo que querría responder. Me pone el pie en la cabeza y me empuja contra el suelo y yo, aun rabiosa, me dejo hacer— Venga, desafíame si te queda algo de dignidad.


Me presiona la cara contra el suelo, que está frío y algo mojado de mis propias babas. El pelo se me arremolina contra la boca. Se agacha para escupirme en la cara, sin darme tregua.


—Dónde está tu dignidad, ¿eh? Contesta, zorra de mierda.


—¡Muu! —Respondo, con rabia.


—Ridícula.


Se ríe de mí, pero afloja la presión del pie y lo agradezco. La cabeza me empezaba a doler estando así contra el suelo y la tensión del momento no ayuda. Me hace levantarme, poniéndome a dos patas como una persona, y prácticamente me arranca la ropa. Después, ni siquiera me mira. Se gira y echa a andar hacia el salón. Qué difícil sería explicarle a cualquiera lo humillada y excitada que me siento ya solo con este inicio. Lo desamparada y necesitada de su atención que me hace sentir. Silba, llamándome como a una perra, y corro a su lado. A dos patas, espero que le parezca bien.


—Súbete a la mesa. Ponte a cuatro.


Obedezco y me subo a la mesa baja del salón, temiendo en cualquier momento que se rompa. Él parece leerme la mente.


—Tranquila, que aunque estés como una puta foca, aguantará —me da un azote y yo me quedo quieta intentando no romperme ya, no llorar a moco tendido tan pronto—. Vamos a ver para qué sirves.


Se aparta unos pasos, observándome, y yo quiero que me trague la tierra. Me siento terrible aquí a cuatro patas, totalmente iluminada, desnuda, expuesta. Me hace abrir la boca y me mira los dientes como a un caballo, aprovechando para meterme media mano hasta que me dan arcadas. Pasea a mi alrededor. Me mira el coño, aparta los labios, lame un dedo y me lo mete de pronto, haciéndome dar un salto. Apenas es un segundo. Abre los cachetes del culo y yo me tenso, pero lo suelta de nuevo y respiro tranquila. Siempre me da miedo manchar. Acaricia mi espalda hasta llegar a la nuca mientras avanza hasta colocarse delante de mí y me recoge el pelo hacia atrás, dando un pequeño tirón para que lo mire. Alzo la vista y me escupe de nuevo en la cara. Noto su saliva bajar por mi ojo y gotear en mi mejilla.


—Ya no te crees tan guapa, ¿eh? A ver las ubres.


Me echo hacia atrás, apoyándome sobre los talones, y no me deja ni un respiro antes de darme un golpe fuerte en la teta, arrancándome un grito más de sorpresa que de dolor. Me la azota de nuevo, una y otra vez, siempre la misma, hasta que se pone roja y yo me retuerzo, lloriqueando. Vuelve a levantar la mano y yo me encojo, pero en el último momento me da en la otra teta y me pilla otra vez de sorpresa. No sé hacia dónde moverme para evitar los golpes, para hacerlos más pequeños. Retorcerme no es problema con él: sé que le gusta verme sufrir. Cuando ya las noto arder, deja de golpear y empieza a estrujarlas, a apretarlas con ganas como si pudiera de verdad sacar leche.


—Al final creo que hice una buena compra, vaquita. Me vas a ser muy útil.


—¡Muu! —agradezco, temblorosa.


Realmente me alivia ese comentario. Ese comentario que, entre líneas, me recuerda que me valora. Genial. Y ahora, sigamos jugando a obviarlo.

—Quieta.


Espero, obediente. No sé si se refiere sólo a que no me puedo mover del sitio pero por si acaso yo no muevo ni un pelo hasta que vuelve con un barreño. Se ha desnudado y yo me lo como con los ojos. Todo se hace más soportable ante la perspectiva de que me folle, de que me deje adorar sus pies, lamerlo, tocarlo. Aunque sé que todavía no toca.


—¿Tienes sed? Porque yo sí tengo ganas de mear.


Esto es nuevo: nunca me hizo recibirlo en la boca. Pienso que sería más fácil hacerlo en la bañera que aquí, donde vamos a manchar todo el suelo, pero no me corresponde decidir nada, claro. No debería ni estar pensando, ¡¿por qué estoy pensando?! ¿No hay forma de parar esta cabeza estúpida que da vueltas y vueltas sin parar? Por suerte, no me deja demasiado a mi aire y corta mi bucle tendiéndome el barreño.


—Sujétalo bien, debajo de tu cabeza. Sí, justo ahí. Y ahora abre la boca. Más.


Tarda un poco en salir y yo espero, nerviosa. El primer chorro va directo al barreño pero lo persigo y consigo que empiece a entrar en mi boca. Él se ríe de mi talento para atrapar su pis.


—Vamos a tener que jugar un día a que eres un payaso de esos de la feria a los que hay que disparar en la boca. No tendremos que maquillarte, con esa cara que tienes nos vale.


Me concentro en que la meada caiga en mi boca y en mantenerle la mirada, porque el pis sabe fuerte y salado y tengo que pensar en cualquier otra cosa para no vomitar. Trago gran parte pero otra cae al barreño o resbala cuello abajo hacia mis tetas, manchándome. Es curioso lo mucho que odio mancharme y lo mucho que me excita precisamente por eso. A veces me gusta que me haga cosas que no me gustan.


—Quizá me compre una pistola de agua para llenarla de meado, ¿eh, vaca? Así podría ponerte a tiro con la boca abierta y probar mi puntería siempre que me apetezca.


Sin que me lo diga, esperando no pasarme con el atrevimiento, acerco mi boca cuando veo que el chorro está parando y tomo las últimas gotas con la lengua casi tocando su glande. Me muero por chupársela, pero casi no me permite ni rozarle.


—Muy bien, vaquita. Vamos a terminar de ponerte guapa.


Coge el barreño y lo alza. Sé lo que va a hacer incluso antes de que el meado me caiga chorreando por el pelo. Odio que haga eso y él lo sabe. Llevo fatal que me ensucie el pelo. Me dan muchas ganas de llorar y me muerdo la mejilla por dentro para aguantar las lágrimas, con el ceño fruncido. Resisto todavía aunque me noto al filo, totalmente metida ya en ese mundo donde no soy nada, no valgo nada.


—Tendrás que mejorar la próxima vez si no quieres acabar así otra vez, oliendo como basura.


Me da un par de cachetadas en la cara que son más humillantes precisamente por lo flojas que las da, como si fuera una niña tonta. Después se limpia la mano mojada sobre mi espalda y me observa.


—Das asco. Casi no quiero ni tocarte.


Pero lo hace: me arrastra del pelo. Yo intento seguirle con rapidez para evitar el dolor del tirón, pero va demasiado rápido para seguirlo bien a gatas.


—Esto es lo que eres, este es tu sitio, puta —me dice, soltándome bruscamente delante del espejo. Me obliga a mirar. Grito cuando me pega una patada en el culo que me empuja hasta dejarme desmadejada en el suelo, aunque realmente no me hace daño, sólo es humillante—. Mírate bien. Eres esta mierda.


—Sí, Señor.


—¿Qué se dice?


—Gracias. Gracias por usarme aunque sea una mierda inútil.


—Soy demasiado bueno contigo, vaca estúpida. Tienes mucha suerte de que te haga caso.


—Sí, Señor. Gracias.


—Eres una vaca gorda de mierda y sólo vales para que te folle, ¿a que sí?


—Sí, Señor.


—Dilo.


—Soy una vaca gorda de mierda y sólo valgo para que me folles.


—Otra vez. No dejes de mirarte al espejo, guarra.


—Soy una vaca gorda de mierda y sólo valgo para que me folles —me tiembla el labio como a una niña pequeña. Estoy feísima con el pelo pegado a la cara y las tetas rojas.


—Repítelo, zorra. Repítelo hasta que te lo creas del todo.


—Soy una vaca gorda de mierda y sólo valgo para que me folles.

Soy una vaca gorda de mierda y sólo valgo para que me folles.

Soy una vaca gorda de mierda y sólo valgo para que me folles.

Soy una vaca gorda de mierda y sólo valgo para que me folles.


Decirlo en voz alta es terrible. Oír mi propia voz diciendo esto mientras me veo así en el espejo. Estoy llorando. Me asquea verme desnuda ahora mismo. Mi cuerpo me parece horrendo ahora, estoy manchada, sudando, oliendo mal, llena de fluidos. Humillada, denigrada. Me rompo. Pero entonces escucho que se está masturbando mientras me mira y la excitación vuelve, curativa como un bálsamo. Dios, cómo necesito que me folle.


—Ven, vaca. Trae aquí tus agujeros, vamos a hacer que seas útil por una puta vez.


Me encanta su polla. Cuando me lo permite la chupo con ganas, a pesar de las lágrimas y los mocos y la vergüenza y cualquier otro impedimento que me pudiera rondar la cabeza. Él me la clava hasta la garganta, hasta que me hace tener arcadas y debo golpear su pierna pidiendo aire. Sólo me deja respirar un instante antes de darme dos fuertes bofetadas que me hacen llorar tanto que soy incapaz de volver a abrir la boca.


—¿Ya ni para esto me vas a servir? —intento ser capaz, pero no puedo parar de llorar. Levanta la mano como si fuera a abofetearme de nuevo y yo gimo y me encojo, pero al final me golpea la teta y me hace subir a la cama— Menos mal que tienes más agujeros. Y este no se cierra.


Se clava en mi coño sin compasión y yo, que apenas lubrico, grito contra la cama. Estoy manchando todo de pis, babas y lágrimas y es una tontería que ahora piense en eso pero lo hago.


—Joder, qué agujero más bueno tienes.


Es todo lo que necesitaba oír. Me relajo y empiezo a disfrutarlo. Me encanta sentirme llena, agradecida, útil para que se alivie. Empiezo a frenar el llanto y a cambiarlo por gemidos de placer.


—Gracias, Señor. Gracias por follarme.


Él me gira y quedamos frente a frente. Me muero de vergüenza imaginando la cara de zorra salida y sucia que debo tener ahora mismo. A pesar de eso, me encanta poder ver cómo se le sube el sadismo a los ojos. La crueldad con la que me mira.


—¿Quieres leche, vaca? ¿Quieres que te rellene?


—Dentro no, Señor, por favor —lo miro con los ojos muy abiertos, asustada. Me retuerzo debajo de su cuerpo, pero él es más fuerte. Me agarra de las tetas.


—Te voy a preñar —jadea. Sé que está cerca y eso aumenta mi excitación también—. Te voy a preñar, guarra, y así esas tetas de mierda que tienes servirán por fin para algo.


—Señor, no, por favor, dentro no...


Me tapa la boca con la mano y se echa sobre mí, clavándose en lo más hondo, llenándome de semen. Su cuerpo caliente, sudado y grande está enteramente sobre mí. Se me pone una sonrisa enorme en la cara. Me encanta saber que está tan cachondo, tan salido después de esta escena, que tenía todas esas ganas de correrse dentro de mí. Gracias a mí. Supongo que es paradójico, pero me siento grande y poderosa después de todo esto. Mejor será todavía después de la ducha, claro.


Me mira sonriendo. Es curioso cómo le cambia la mirada cuando el sadismo se calma. Me lo comería a besos.


—Buf.


—Buf —confirmo, entre risas.


—Has sido una muy buena zorra.


—¡¿Cómo que "he sido"?! —le pongo pucheritos. Él se tumba a mi lado, resoplando.


—Vale, vale. Eres muy buena zorra. Me encanta lo complaciente que eres.


—Gracias por haberme follado así, arriba. Me encanta poder mirarte.


—Ya sé que te gusta, princesa.


Me da un beso en los labios, suave, cariñoso. Una recompensa. Me reconforta mucho que diga eso. Me tiene en cuenta aunque en esos momentos parezca de todo menos eso. Noto como su semen empieza a resbalar fuera de mi coño y cierro las piernas. Él me las abre y me pasa el Hitachi.


—Toma, te lo has ganado. Quiero que te corras con mi leche dentro. Y que mientras me vuelvas a repetir unas cuantas veces tu nuevo mantra.


Enciendo el hitachi y lo presiono contra mi clítoris.


—Soy una vaca gorda de mierda y sólo valgo para que me folles.



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Etérea

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