El aullido de Eloísa


Cuando se cuenta la historia de Eloísa y Abelardo suele omitirse el nivel de pasión de ella. Nos cuentan que fue una muchacha que se enamoró de su maestro con el que se casó en secreto y quedó embarazada, que eso conllevó la castración para él y el monacato para ella, se nos habla de las desgracias y de cómo él se separa de ella... pero es importante decir que Eloísa (siglos XI-XII) ardía. Era una buena chica (culta y obediente) que no ocultaba en sus cartas su pasión, su rabia, ni el palpitar de su deseo. 

«¿Se podría siquiera decir que un ser hace penitencia, por mucho que maltrate su cuerpo, si su espíritu conserva vivo el deseo del pecado y aún arde con las pasiones del pasado? Es fácil confesar las culpas y acusarse de ellas, es incluso fácil someter el cuerpo a mortificaciones externas. Lo más difícil es arrancar del alma el anhelo de las más dulces voluptuosidades.

[...] Disfruté tanto de aquellos placeres de amantes de los que gozamos juntos, que no consigo detestarlos ni borrarlos de mi memoria. Allá donde miro, se presentan ante mí, se imponen a mi mirada junto con los deseos que despiertan en mi cuerpo. Incluso cuando estoy dormida invaden mis sueños. Hasta en medio de la solemnidad de la misa, cuando la oración debe ser más pura, las imágenes obscenas de esas voluptuosidades se adueñan de tal manera de mi alma, que me obligan a estar más pendiente de ellas que de la oración. Mientras debería lamentarme por las faltas que he cometido, suspiro por el placer perdido»*.

Eloísa estaba encerrada, obligada a fingirse casta y pura cuando en realidad vivía en llamas. Asistiendo a la misa, llevando una vida de recato, mientras imaginaba, fantaseaba y recordaba, con el cuerpo encendido de deseo. Pienso mucho en Eloísa, en su lascivia maltratada por la clausura, por la moral y la incomprensión. Y en la claridad con la que protesta por ello, reconociéndose obsesionada por los recuerdos de esas "voluptuosidades" e infeliz en su hipocresía, por muy bien que interpretase el papel de buena mujer. Cuántas Eloísas caminan nuestro mundo con fuego bajo el ombligo y la cabeza gacha, obligadas a contenerse.

«Pongo a Dios por testigo de que aunque Augusto, el dueño del mundo, me hubiese considerado digna de ser su esposa y me hubiese asegurado el dominio del universo, me habría resultado más dulce y más noble ser considerada tu puta que su emperatriz».

Qué agonía tan terrible, qué desperdicio, que el aullido de Eloísa no fuese escuchado por el lobo. Que la dejaran sola para los restos con la abuelita, haciendo pastas y arrodillándose solo para rezar. Ay, sí, pienso mucho en estos aullidos de deseo que se lleva el viento y nada traen. En el terror de acabar como Eloísa, presa de una cotidianidad aséptica en lugar de abrazando mi lascivia y mi entrega sin reparo. 

Aúllo y toco madera. Que no haya encierro infinito para mi deseo de servir y mi aullido lo lleve el viento hasta que recale en buen puerto.


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Etérea

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* Extractos de las cartas de Eloísa a su maestro y amante Pedro Abelardo, ca. 1135. Traducción de Ángeles Caso en este libro.

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