Desenredándome (o liándome más)
No entiendo las cuerdas como fin en sí mismas (lo mismo me pasa con el dolor), sino como un medio para vivir físicamente algo abstracto, etéreo: una herramienta que permite hacer palpable la unión con alguien y/o su poder sobre mí. Aclaro desde el principio que nada pretendo decir sobre shibari, modelos, atadores y todo un mundo al que no pertenezco y que desconozco; esto es sólo un pequeño texto sobre mí, mi vivencia, mis sensaciones y una pequeña catarsis personal que me hace ilusión dejar aquí.
Ha sido un finde bonito y emocionante con Dayago por muchas cosas. Una de ellas ha sido un momento de revelación que tuve entre las cuerdas (cómo no acordarme de aquello de Pizarnik: "que tu cuerpo sea siempre un amado espacio de revelaciones") .
Generalmente me llevo más o menos bien con mi cuerpo, pero a veces tengo rachas en las que me veo peor y ahora estoy en una de esas. En este contexto, las cuerdas podrían haber sido un puñal más en mi auto-percepción y todo apuntaba a que podía ser así desde el momento inicial en que me vi desnuda y quise taparme, esconderme, desgarrarme la piel.
Las cuerdas (para mí, insisto) tienen mucho que ver con la relación con el propio cuerpo y con cómo el otro modifica esa relación y se adueña de ella. De pronto lo mío no es mío, de pronto no puedo moverme como quiero, no soy tan dueña de mí, pero a la vez soy más consciente de cada músculo, de cada imperfección, de todo lo que compone este cuerpo que a veces rechazo. Y esa dicotomía hace que mi perspectiva vaya cambiando y, tras haber cedido el control de mi cuerpo, empiece a sentirlo verdaderamente mío. Que en ese momento me guste aunque un instante antes lo aborrecía.
Vamos, que empecé sintiéndome insegura, odiando que sea este cuerpo lo que tengo para ofrecer, avergonzada por todos mis complejos, y acabé amando cada rincón de este cuerpo mío, gordo y pálido y lleno de cicatrices. Y mira que me dan mucho repelús estos mensajes de taza de Mr. Wonderful (o de azucarillo de bar) sobre amar nuestra cáscara porque sólo tenemos una y blabla, pero es que realmente lo viví así.
Y, qué narices, que me sentí muy atractiva estando atada. Eso también.
¿Cómo pasé de la inseguridad y la vergüenza a sentirme agradecida y sexy en mi indefensión? Pues no lo sé. Ayudó cómo me tocaba él, las cosas que me dijo (y cómo las dijo, lo genuinas que sonaban), cómo me miraba cuando me desató. Ayudó tener los ojos tapados por las cuerdas y poder concentrarme en lo que sentía dentro y no en el mundo de fuera. Olvidé cómo me vería el mundo y deseé verme tal y como me sentía yo, sin estética ni condicionantes. Por eso cuando me despejó los ojos le pedí que me hiciera una foto con la cámara instantánea, porque quería capturar a mi "yo" de ese momento. Lo hizo y miré a cámara. Al hacerlo, estaba mirándome a mí misma, estaba en cierto modo diciéndome "recuerda esto, te miro a ti, te veo, nos veo, estamos aquí".
Esta revelación se suma a otra vivencia reciente con alguien que también me hizo sentir muchas cosas atándome las manos, los dedos, la cabeza... disparándome la sumisión y el deseo a través de sus ataduras con una facilidad que me pilló por sorpresa. Todo ello me lleva a creer que quizá pueda empezar a construir un puente entre mi cuerpo (lo que siento) y mi mente (lo que pienso).
En fin, simplemente quiero dejar registro de que conecté conmigo de una manera extraña y preciosa y excitante. Que todo fue también gracias a él, a la confianza que se ha ganado, al vínculo que hemos construido y a estos dos años de paz. Y que siento esto como un punto de partida y quería dejarlo anotado por si algún día necesito tirar del hilo.
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Etérea
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