Cerillas

 


—Sé que no es un fetiche común, pero es inevitable: me enciende.


Alguno de los presentes soltó un chascarrillo algo desagradable que todes ignoramos. Mantuve una sonrisa incómoda sin apartar la mirada de ella. Había participado en esa diversión al escucharla comentar sobre lo que la excitaba pero lo cierto es que me había resultado más fascinante que risible. Pasé toda la noche revoloteando a su alrededor como una polilla, pero no hubo forma de abordarla a solas para que me contase más y vi desde la barra cómo se marchaba de la fiesta con su acompañante, enrabietada por mi falta de decisión.


Le excitaban los objetos pequeños, las miniaturas, las cosas que pudiese sostener en la punta de sus dedos. Así nos lo contó en aquella fiesta. Ella no le daba importancia y le quitó hierro con alguna broma, pero a mí me atrapó del todo. Decía que nada la encendía tanto como unos clips, unas chinchetas, unas pincitas, unas monedas... cualquier cosa que pareciese grande en la palma de la mano. Provocar grandes sensaciones a través de pequeños objetos le resultaba tan estimulante que ponía todo su cuerpo y su mente en funcionamiento como ninguna otra cosa. Fue apenas un comentario en una noche larga pero se me pegó irremediablemente.


Desde aquel evento la veía cada día en todo lo que me rodeaba: la oficina se había convertido en un lugar propenso a las fantasías, cada ruta en autobús, cada paseo por la ciudad, todo era una búsqueda del tesoro esperando encontrar destellos de objetos que a ella le hubiesen despertado los bajos instintos. Con cada hallazgo me sentía como si su mirada estuviese conmigo.


Qué placer inmenso cuando encontré aquella tienda de antigüedades. La excitación me chisporroteaba en los dedos mientras recorría los estantes y sostenía en mis manos los pequeños objetos de las casas de muñecas, los juguetes, adornos, útiles... y las cajas de cerillas. Toda una sección dedicada a cajas de cerillas antiguas (vintage, decía en la etiqueta del precio, apelando al postureo para intentar aumentar las ventas): con rótulos de marcas, dibujos variados, publicidad, mensajes sobre seguridad, marineras al estilo pin-up. Supe en seguida cuál era la que quería llevarme: por un lado tenía el nombre de la marca, "Perfect match", y por el otro una ilustración de una mujer diminuta sentada sobre una aguja de coser. Una pulsera rodeaba su tobillo desnudo. Su fetiche había pasado a ser también el mío: aquel pequeño detalle en el dibujo, y la anticipación de lo que podría gustarle a ella, provocaron una sacudida de placer en mi cuerpo.


Cuando volví a verla, meses después, no esperé un segundo para darle el regalo y su sonrisa se amplió.

—Vaya, prestaste atención.

—Cómo no.

—¿Quieres probarlas?

—Claro.

Abrió la caja con una delicadeza cargada de erotismo. Sacó una cerilla y la prendió con decisión frotándola contra el lateral de la caja.

—Sujeta esto, pequeña cosa.


Cogí la cerilla encendida. Con su mano rodeó mi muñeca haciendo que contuviese el aliento, fingiendo que no había sentido nada extraordinario con ese gesto (que no había sentido como si fuese la primera vez que me tocaba, nuestros cuerpos emanando calor), y alzó mi mano con la cerilla hasta que quedó justo ante mis labios como si fuese una vela de cumpleaños. Agradecí que no me hiciese pensar ningún deseo.


—No quiero que la llama se mueva o me va a distraer. No te muevas. Ni respires.


Contuve la respiración y sentí el calor acercarse peligrosamente a mi piel, con el cosquilleo de la excitación extendiéndose bajo mi ombligo mientras la observaba acariciar el contorno del dibujo con su dedo índice. La llama consumía la madera con una rapidez aterradora. No era una cerilla, era un incendio.


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